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Un ademán de disimulo al amanecer Luis Oyarzún. Un paseo con los dioses

 Existe un prejuicio bien asentado entre todos quienes pertenecen o no a un círculo artístico: el reconocimiento ―en el caso de llegar― sucede de viejo. Joven y reconocido imposible. Luis Oyarzún vivió hasta sus cincuenta años por culpa del alcohol y de su incapacidad para dejarlo. Ello llevó a que su vida, exitosa y reconocida desde temprana edad, pasara desapercibida por parte importante de la cultura nacional, siendo parte sólo de algunas personas que no pueden, aunque lo quisieren, olvidar a tal personaje.
«―¿Sabe cómo llegar a la tumba de Luis Oyarzún? ―No sé quién es.»
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 Oscar Contardo llevó a cabo un perfil biográfico. La existencia de este género es relativamente nueva, siendo una escritura que afortunadamente cada vez más se cultiva entre algunos periodistas. Sin ir más lejos, la editorial que publica este libro da parte importante de su catálogo a este registro, y no está de más señalar el posicionamiento estelar que otorga la edición de Leila Guerriero a publicaciones como estas. Existe ahí todo un campo por explorar, pudiendo percibir notables menciones a vidas ajenas con una pluma exquisita en su composición y agradable en su lectura.
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  Luis Oyarzún. Un paseo con los dioses. El libro como tal: un retrato de una figura relevante de la cultura nacional de mediados de siglo XX. El personaje: un poeta, ensayista, conferencista y a la vez amigo, hijo, prolijo pensador, ecologista primario, que fue un constante letargo entre el campo y la ciudad. Esa ciudad, Santiago, que lo alberga inicialmente para agobiarlo en un cúmulo de emociones desprovistas de nada, que lo jalan al alcohol, la melancolía, la muerte.
  Oyarzún poeta, quien tuvo a Nicanor Parra como inspector en el IMBA y a Jorge Millas como amigo, quien fuera académico y profesor del Instituto Pedagógico muy joven, quien más joven aún estudiara derecho por obligación y filosofía en su tiempo libre, porque su familia no lo había mandado a la ciudad para perder el tiempo.
  Oyarzún ecologista. Quien llevara libro en mano para catalogar cada especie natural que viera en el camino, quien inventaba nombres a cada una que no apareciese en su biblia, quien se atara a un árbol en Valdivia para que no fuese arrasado por una constructora, quien escribiera una obra fundamental del ecologismo moderno ―Defensa de la tierra―.
  Oyarzún amigo, Oyarzún burócrata. Varios Oyarzún en uno solo. Todos ellos vistos bajo la  mirada de Oscar Cortardo, quien no cuenta la biografía del personaje, esa llena de datos, anécdotas, vivencias varias. El investigador instiga en puntos relevantes a su ímpetu, porque no está la pretensión de una biografía total; está, eso sí, la idea de cruzar sujetos que dialogan a pesar de su extemporaneidad, produciendo un discurso contemporáneo al momento de su producción. Así, por ejemplo, aparece el Oyarzún homosexual, la faceta más íntima del escritor.
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  Los aspectos biografiados son temas aparecidos desde el presente, siendo la comunión de ellos dentro del libro los que dan forma al perfil biográfico. Lo anterior no apunta a señalar que no exista una temporalidad a respetar en donde el relato va y vuelve a lo largo de Luis Oyarzún, por el contrario, cada etapa del biografiado se ve en perspectiva del investigador, quien bajo tópicos que son señalados en el mismo desarrollo de la historia, observa a su personaje de ruta con elementos que nos son contingentes.
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  Luis Oyarzún no opera dentro del libro como una entelequia, una idea fútil espectada. Es más bien el letrero que indica hacia donde ir y a quien consultar, un otro con quien se dialoga sobre ciertos temas pero que, además, da paso al descubrimiento de ciertos espacios inconcebidos a la luz. De ahí entonces que el investigador deba indagar más allá de los libros, más allá de sus diarios y sus cartas ―lo que de por sí ya no es poco―, ir hacia quienes presenciaron a alguno de los Oyarzún y recibir esa emoción del momento, ese instante hoy breve de tiempo con el profesor, el poeta o el amigo.
Contardo se vuelve periodista, que pregunta, obvio, pero que además observa los rasgos, las contenciones, los movimientos y las quietudes, las respuestas y los silencios, todo elemento que sea reflejo futuro de Luis Oyarzún en sus vidas.
  Esto termina, como era de esperar, en la misma tumba del escritor. «El encargado del cementerio de Valdivia no conoce a Luis Oyarzún y su superior, que maneja los registros, no está. Llueve como siempre en Valdivia. La única indicación que ha dado la familia es demasiado general: al fondo, a mano derecha, luego de las tumbas de los judíos». Luego se percibe que «el nombre de Oyarzún ―tallado en la parte inferior de la lápida― apenas se distingue. La piedra ha sido corroída por el agua y el viento. No hay cruces, ni signos religiosos, ni flores».
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  En un juego habitual que hacía Luis con sus amigos, en donde uno con papel en mano escribía una pregunta para otro de los participantes, quien debía responder automáticamente, se puede leer:
«¿Qué es Luis cuando escribe?
―Es un ademán de disimulo al amanecer».
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“Luis Oyarzún. Un paseo con los dioses”
Oscar Contardo
Edición a cargo de Leila Guerriero
Ediciones UDP, 2014
216 págs.
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