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[Columnas al pie] El enano del fútbol y la consecuencia

  1. por Daniel Reyes

 

En los últimos tiempos, con altos y bajos, la realidad del futbolista chileno ha conocido la mediatización y la migración de manera muy cercana y acentuada; al menos, mucho más que hace 16 años atrás. Cuando comencé a valorar al fútbol más allá de lo que significaba chutear en la calle o en la plaza, primaba principalmente el mérito futbolístico. Es así que recuerdo a un futbolista chileno, entre otros pocos, que se hacía un nombre en Europa. Su nombre: David Pizarro.

Recuerdo que tras mostrar su potencial en Udine voló hacia Milán, específicamente al Inter, con el objetivo de llevar la fantasía y visión de campo con que prometió desde sus inicios en Wanderers, y que le habían permitido encontrar regularidad en el fútbol europeo. Sin deleitar a niveles tremendos, David demostró que sí podía encontrar protagonismo en Italia pese a su baja estatura, resaltando su enganche y tremenda habilidad para el colectivo.

Es así que llega a Roma, a jugar con De Rossi y Totti, transformándose en un infaltable y querido por la hinchada. Siempre de bajo perfil, mesurado y muy concentrado. Pero falta un agregado: siempre muy agradecido y dedicado a Santiago Wanderers, el club de sus amores, de sus inicios, aledaño al cerro que lo vio crecer, y al cual recordaba cada vez que quería, o más bien que le nacía. Recordadas menciones en entrevistas, en visitas y aportes para su puerto; inolvidable alzamiento de la camiseta wanderina en el festejo de la Copa América 2015 que obtuvo con Chile.

David, sin bombos y platillos, con amor y consecuencia, recordaba que Wanderers era su sitio. Así pasó el tiempo y pudo volver a vestir la verde, sintiendo el cariño Los Panzers, y la añorada brisa de Playa Ancha. “Las ganas de volver al club eran mías y de la gente, del hincha de Wanderers”, contó Pek en alguna oportunidad. Era una cuestión de deseo mutuo e, incluso, de necesidad. Era el tiempo y espacio adecuado.

Si avanzamos en temporalidad, nos encontramos con un reencuentro infructuoso, expectativas mutuas que quedaron en el piso, lamentos, decepciones, y sobre todo, un juego entre lo locutivo, ilocutivo y lo perlocutivo que marcó el devenir de alguien que fue considerado ídolo y referente. Los dirigentes dijeron que David se quiso ir de Santiago Wanderers por antojadizo, por total disconforme y que era quien debía las explicaciones. Transmitieron un mensaje, tensionado hacia un posicionamiento, el cual muchos hinchas adoptaron.

De acuerdo a lo anterior, Pizarro hizo caso omiso a su ‘amor’ por Wanderers (pues desde ahí en más es cuestionado) y dejó botado al club y, sobretodo, a la gente; gente a la cual él otorgó importancia en su regreso. Por ello me atrevo a calificar a cierta parte de la hinchada caturra como alienados por lo que transmitieron los dirigentes, y que tuvo reproducción gracias a los medios. Pizarro, aquel que quiso aportar para construir un nuevo gimnasio, arreglar las canchas a los pequeños, para ver a su equipo con grandes condiciones, además de asumir liderazgo en las discusiones que aquejaban al SIFUP, no podía ganar el gallito a los dirigentes, a las sociedades anónimas

. Sin ser un declarado opositor a la actual estructura que predomina en la administración del fútbol nacional, su figura sí genera irritación y disgusto para quienes se han encargado de controlar y robar este deporte. Por ello que los mismos de cuello y corbata instigaron y tergiversaron al Enano de la Providencia, que paseó el nombre de Valparaíso y la bandera de Santiago Wanderers por todo el mundo. Y la alienación permite eso: la aceptación, principalmente de manera automatizada, hacia quienes privan el desenvolvimiento y la naturalidad de una identidad cultural. Y, por contraparte, el rechazo hacia quienes intentan combatirlo. En dicho campo lo han hecho bien. Cuando el equipo no atraviesa un gran momento futbolístico, y podría cuestionarse su gestión administrativa, el  dirigente Pedro Cordero decide lanzar a la prensa un duro anunciamiento, en el cual adelantaba la inhóspita recepción que tendría David Pizarro en el cerro de Playa Ancha, en Valparaíso, ante Wanderers.

El pequeño volante que hace más de 15 años dejó los cerros y la brisa omnipresente, con mucha ilusión, pero con sus raíces impregnadas en su recuerdo y discurso permanente, regresaba para ser maltratado, insultado y ofendido por la ignorancia y la ingratitud. Así es cómo perturba la  exacerbada adoración al éxito por sobre el bienestar humano y, sobretodo, la superposición de nuestras aspiraciones en el actuar de otras personas, ya que permiten acercarse a la multitudinaria ingratitud, incluso, hacia alguien que sólo ha manifestado respeto, adoración y compromiso con una camiseta.

A pesar de todo lo anterior el Fantasista persiste. “A nosotros los porteños nos arriesga a este tipo de situaciones, pero iremos al frente por lo choro que somos”, dice David Pizarro cuando en un programa de televisión le preguntan por la seguidilla de robos que sufrió hace un tiempo su familia en Valparaíso; frase que también califica para su realidad en cuanto a Wanderers. Estuvo seis meses sin club, entrenando por su cuenta, hasta que llegó a Universidad de Chile. Acá lo disfrutamos y él también lo hace. Conectó con la hinchada, con el plantel y el cuerpo técnico. Juega a sus tiempos, a su ritmo, y exhibe la calidad con la cual acaparó respeto y admiración en Italia, esta vez para deleitar al planeta azul.

Le tocó regresar a Playa Ancha y lo acontecido tuvo mucho que ver con la premonición hecha por Pedro  Cordero. Decir que lo sucedido con David Pizarro en Valparaíso “no tiene nombre” es omitir la calificación que merece: ignorancia y una tremenda falta de respeto. Aun así, y mientras aguantaba a sus espaldas múltiples pifias e insultos cada vez que agarraba la pelota, pisaba la misma, enganchaba y entregaba escenas dignas de admiración y total encanto. Las personas pertenecen al lugar que ocupan, pero Pizarro es porteño; siempre ha pertenecido a su Valparaíso querido, y ahí no tiene nada más por hacer que disfrutar del fútbol. Volvió a su tierra, a su aire y a su mundo. El resto es injusticia, ignorancia e ingratitud. Pizarro es fútbol y consecuencia.

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