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Reseña: Bravo, Meléndez

¿Qué escritor o escritora no mastica el anonimato antes de publicar su primer libro? Luego de leer de “Barrio Bravo, ¿Por qué amamos la pelota?” del chileno Roberto Meléndez, me suscitó esta interrogante, que tenía que ver más con la popularidad del autor y un viejo prejuicio sobre la fama y la literatura. La idea del Best Seller (palabra que no usaba hace tiempo) comenzaba a rondar.

No es difícil pensar que los lectores vitalicios saben que ganarse un nombre y quedar en la memoria colectiva. Por el contrario, todo es complejo, oscuro y desafiante en la feliz eclosión editorial actual.

He aquí la diferencia de este proyecto literario llamado Barrio Bravo, donde el santiaguino Meléndez quien hoy en día vive en Algarrobo, ha refrescado e impulsado la literatura futbolera (junto a Cambio de Juego de Nicolás Vidal, un libro imprescindible hoy) que, guste o no, en estrechísima relación con las redes sociales, crece y se desarrolla definitivamente en Chile, junto al surgimiento y más que eso, a la visualización de colectivos, programas radiales, talleres, revistas electrónicas, emprendimientos, acciones sociales y comunitarias. Sin olvidar los espacios de diálogo y conocimiento (Las distintas filiales colocolinas, Asambleas de Hinchas Azules, Memoria Vialina, Núcleo Sociología del fútbol, entre varios otros), espacios administrados fundamentalmente por hinchas conscientes de la importancia e impacto cultural de sus EQUIPOS (claro, no sólo pienso en los profesionales, más bien en aquellas y aquellos que doble o triplemente afortunados, alientan al club de barrio u otra forma de organización).

En cuanto al libro mismo, me quedo, por ahora, con el texto “El jugador que no quiso dejar de serlo”, que inicia la primera parte del libro, donde advertimos el aura de desenvuelto crack que rodea al autor, ya que Meléndez decide desde un comienzo, presentar una declaración de oficio, una poética, o si se quiere, el primer de muchos gambeteos literarios. Maniobras que solamente el trabajo y la constancia de la escritura otorgan.  Meléndez o Barrio Bravo, es ese Jaime Vardy que después de mucho tiempo se mira al espejo, y ahora, encuentra el respeto que buscaba.

Además, las y los personajes de estos relatos y breves crónicas futboleras, coinciden no sólo en la temática y en los roles del deporte de la pelota, sino más bien, en la esencial búsqueda de prestigio, respeto y más importante aún, en el poder lograr habitar de forma digna y humana la cancha muchas veces (casi siempre) inclinada.  Personajes en su mayoría humildes, pero además, en el sentido de aquella palabra que viene de humus y que a su vez, como sabemos significa tierra, tierra fértil y que en el fútbol y algunos deportes colectivos, esa fertilidad está dada por la vocación de cancha que tienen los espacios y la imaginación pasional que se traduce en las ganas de jugar, de ser artífices de la alegría del balón más que dichosos y cómodos espectadores.

Finalmente, Meléndez entra al campo de juego a tomar posición (de delantero me imagino o, a lo más, de versátil diez) junto con otros escritores jóvenes (pienso en la buenísima novela Italia 90 de Juan Manuel Silva, Felipe Ignacio Risco Cataldo y su Angustiosa celebración, en Pelota Sudaca de Jerónimo Parada y Andrés Santa María, todos libros publicados el 2015, o el mismo Vidal con La luz oscura dos años antes, el 2013).

Sin embargo, pienso más bien en un vocablo que comparten los estudios literarios y el mundo del fútbol, es decir el surgimiento de una generación que sin ser equipo se hablan en la cancha, se toman en serio el juego de la escritura y asumen el desafío de representar lo que la mayoría vio, conoce, o mejor aún, cree conocer.

La popularidad, en este caso, hace la ola, mira el partido de pie y no pifia cuando su nombre aparece en la pantalla, como titular de esta alineación.

Bravo, Meléndez.

 

Orlando Aliaga Guzmán

Profesor, tallerista de “Fútbol + lectura”.

Participa en Ocasión Manifiesta.

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