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No están solos

Por Daniel Reyes

Dícese del fútbol un deporte en que se enfrentan dos equipos con 11 integrantes cada cual, regidos por el parecer de un cuerpo arbitral integrado por cuatro sujetos frecuentemente vestidos de negro. ¿Será por luto? Vaya a saber uno, pero lo cierto es que jamás se les ve sonreír dentro del campo de juego. Intrínsecamente rechazados, jamás son aclamados y siempre insultados. Un símil, quizás, a la figura policial en el mundo civil contemporáneo. Pero bueno, he de volver a lo convocante. Para intentar comprender al fútbol en su esplendor  y práctica hay que desagregar en lo que aquello concierne: los equipos, las maneras de practicarlo, entrenadores, jugadores e hinchada.

Actualmente observamos múltiples esquemas o sistemas de juego, ya sea un 3-4-3, 4-2-3-1, 3-5-2 o el mítico 4-4-2. Referentes tácticos hay muchos, donde resalta lo hecho por Johan Cruyff, Louis Van Gaal, Marcelo Bielsa o Marcello Lippi durante décadas anteriores, y José Mourinho, Pep Guardiola o Joachim Löw en la actualidad. Hay equipos que han dado que hablar por su particularidad dentro del campo, como el Ajax y Barcelona bajo la dirección de Cruyff, la Argentina de Marcelo Bielsa, el Barcelona según modelo Guardiola y la Alemania campeona del mundo de Löw. Equipos con su respectivo sello característico y sólido que les permitió superioridad sobre sus contendores, estableciendo cierta hegemonía futbolística en un tiempo y espacio correspondiente. Claramente pueden considerarse como hitos dentro de la historicidad futbolística. Y -como último componente- en una observación a nivel específico y minúsculo, resaltan quienes practican este juego. Nombres hay por doquier: Lev Yashin, Pelé, Garrincha, Maradona, Di Stéfano, Cruyff, Van Basten, Zidane, Ronaldo, Cristiano y Messi, dentro de los más destacados. ¿Y por qué cito a estos tipos? Es que son considerados integrantes de la cúspide del fútbol a nivel histórico. Son este tipo de jugadores los que ganan partidos y, a la postre, campeonatos. Han marcado diferencias evidentes, y todos los clubes en la actualidad buscan tener alguno que se asemeje en lo más mínimo a la sombra de las estrellas anteriormente nombradas. Si no se pude tener un jugador tan destacado que marque excepcionales diferencias, aparece y toma mayor valor el trabajo de tipos como Bielsa, quien resalta la actividad y protagonismo en colectivo por sobre los destellos individuales. Finalmente, se supone que son los equipos quienes ganan campeonatos. Una táctica fuerte en conjunto de un sólido sistema de juego se acercan al triunfo. Adecuado y convincente. Pero yo me pregunto ¿sólo con ello basta? ¿El fútbol existe sólo cuando la redonda comienza a girar por 90 minutos? A mi parecer no.  La pelota rueda desde el pitazo inicial, pero horas antes los fanáticos viven el partido; viven su partido. Camisetas bien o mal cuidadas son titulares. Les acompañan cábalas varias de camino al recinto de juego, mientras banderas flamean según quiera el viento. Una vez en la cancha cánticos incesantes y fervientes llaman a sus equipos. ¿Y acaso el público no juega? El mundo se paraliza y otra temporalidad existe en el estadio, tal cual como en la habitación del tiempo. Silbato a la boca del colegiado y el toque inicial, así como la presión imponente y desenfrenada con propósito de imponerse, es por parte del público. Quien grita más fuerte gana el primer trancazo. Mientras más fuerte y emotivo sea el aliento, más posibilidades hay de ganar partidos. Si esto resulta constante el equipo es candidato a ganar el campeonato.

Recientemente, Universidad de Chile fue capaz de dar vuelta un comienzo de torneo complicado con muchas dudas sobre la exposición colectiva, asimismo rendimientos individuales, en que no se daban los resultados. Pese a ello, su fanaticada siempre estuvo ahí. Siempre quiso entrar a la cancha para patear un penal, cabecear, dar el pase final o, simplemente, reventar cuando se acercaba el peligro al pórtico propio. No jugaban sólo 11. Fecha tras fecha se demostró que los dirigidos por Ángel Guillermo Hoyos efectivamente no estaban solos. Y no por la presencia de un Dios que les cobijara y ayudara, sino que por millones de personas que, enfermas de amor y deseosas por manifestar expresiones identitarias, doblaban su alma, irradiaban su sentir y alenoaban a los privilegiados de representarlos en la cancha. En una práctica uniforme, aparatosa e indirectamente consensuada, como si hubiese un Gran Hermano vigilando e incidiendo en su conducta; es así como los fanáticos y fanáticas azules participaron en la mejora del equipo por el cual serían capaces de dejar la vida. Y es que el fútbol es eso: es el amor por la vida misma. Aseveración peligrosa y de magnitud cuestionable; quizás. Pero es que la vida es así: peligrosa, contradictoria y absolutamente irracional. El fútbol es la vida. Por eso los jugadores jamás estarán solos. Sucede en otra parte del mundo, donde el Liverpool, tradicional equipo británico, lleva más de 20 años sin ganar el campeonato de la liga. La Premier Legue como tal existe desde 1992 y el conjunto del noroeste inglés jamás la ha ganado. Motivos suficientes, a ojos del fútbol moderno, para verse disminuidos en respaldo y grandeza, pero no… Su fanaticada y el respeto a nivel mundial siempre han estado ahí. Hay una promesa explicita e inquebrantable: quienes vistan la camiseta roja con pájaro en el pecho jamás caminarán solos. Las gradas de Anfield viven por sí mismas, y también ganan partidos; así como la incondicionalidad de los y las seguidoras de  Universidad de Chile colaboró en la obtención del título 18. Las hinchadas participan en las campañas e incluso anotan goles.

Existe bastante consenso entre quienes dicen que puede haber gente que sepa mucho de la vida pero no tanto de fútbol. Yo soy partidario de algo más preciso, y es por ello que presento otra moción: hay quienes dicen saber de fútbol, estadísticas, nombres de equipos y jugadores, pero si no reconocen el mérito y la relevancia de las hinchadas sobre los resultados de sus respectivos clubes es porque jamás han sentido ni vivido en lo más mínimo este deporte. No me queda duda alguna de que es así.

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