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Tierra fértil, pero sin semilla

Aquello extranjero que se publica en Chile también es literatura chilena, por eso en Calle de sentido único hoy escribimos sobre “El hombre semen” un bello texto de Violette Ailhaud publicado por Edícola Ediciones.

1. El hombre semen es quizás una texto que sobrecoge en todo momento, desde que uno está en presencia, por primera vez, con ese pequeño libro de cuidadas composiciones hasta cuándo va recorriendo los versos de frescas emociones pasadas, que de tan frescas parecen ser vividas hace unos días nada más. Es un relato, un testimonio de lo que se suele llamar el lado “b”, o lado gris, de la guerra.

Se retratan las nuevas condiciones de un pueblo de nombre Le Saule Mort tras la insurgencia en contra de Luis Bonaparte, el despoblado de hombres y el pacto femenino por conservar la estirpe en la región. Es un testimonio de aquello que no alcanza para ser glorificado en las grandes épicas militares, que no dio para una nota al pie siquiera, pero que bajo la posibilidad del relato vivo de la primera persona puede reflejarse en la imaginación personal. Es una descripción escrita con lirica que fácilmente alcanza los límites de lo absoluto.

 

2. El tiempo. Violette Ailhaud, su autora, escribe esto en 1919, cuando la Gran Guerra generó condiciones similares. La historia se escribe una vez a pesar de que se vive dos veces. No parece rara la correspondencia de aquel tiempo, en 1857, con la que ya en sus años Violette escribió para dejar testimonio, porque si bien las peculiaridades están siempre frágiles a los vientos epocales, las estructuras sociales siempre responden a un mismo criterio. La guerra se sostiene ―y muy probablemente se sostendrá―, y la sensación de la autora (“mi corazón y mi cuerpo están vacíos”) será tema recurrente entre las personas hasta el minuto en que, sin mediar una pomposa ceremonia, alcancen aquellas palabras una dimensión mitológicas. Este relato no funciona simplemente como un testimonio, porque este tiende a guarecerse dentro de los márgenes de la contingencia. La mitología, por otra parte, sostiene una esencia omniabarcante, enseña en cada nueva lectura y su narración revive el acontecimiento en el presente. El hombre semen es un eterno presente, que responde ―y responderá― a cada momento en que la barbarie alcance a la siempre desgastada civilización.

2.1 “Una noche, al regresar de la faena, encontramos a dos hombres en la plaza del pueblo. Era totalmente incongruente. Teníamos el nuestro y habíamos olvidado por completo que también existían otros. Esta novedosa presencia era la señal de nuevos tiempos, o más bien el final de un tiempo fuera del tiempo” (45). Violette nos habla de un tiempo escindido del constante continuo del devenir, marcado, como se sabe, de la exclusividad femenina en el pueblo. Un pueblo carente de fertilidad, que ahora y sin anunciarse, se retoma al camino antes olvidado.

 

3. El espacio. Un pueblo que se autodetermina absolutamente en lo femenino. Un pueblo que en cada momento alimenta de necesidad a quienes lo habitan incidiendo directamente en la apropiación de labores ajenas a la costumbre. Las mujeres deben arar la tierra, además de sostener sus propios hogares. Lo hacen, creo yo, tanto por la imperiosa necesidad como por el inmenso fervor a sostener la vida en el pueblo. No es solo la estirpe genealógica lo que se sostiene, sino que la humanidad que fundamenta ese terreno provenzal.

Un pueblo que deviene enteramente en femenino, que se vuelve vacío tal como se vacía la fertilidad de los vientres de Le Saule Mort. Este es un pueblo que termina siendo el mismo cuerpo de las mujeres, que sin el efecto procreador se vuelca en tierra seca, que sobrevive autónomamente aunque perdiendo toda esperanza de futuro, que cada nuevo día se ve como un avance de la lenta desintegración. Este pueblo francés es una metáfora de un desequilibrio vital vivido en dos ocasiones por Violette Ailhaud.

 

3.1 Los parajes de ese pueblo parecen dar la sensación de estar bajo una soledad abrazadora y un encierro laberíntico.

 

4. El hombre. “Habíamos previsto todo ante la venida de un hombre. Nuestro primer objetivo era su semen, luego su fuerza de trabajo y, por último, su presencia. Nunca su amor” (26). El sujeto cosificado a su función animal, imposibilitado de amar y de ser amado. Un hombre que solamente está destinado a permanencer inmóvil en su posibilidad de acción y sentirse el macho que alfa procreador. “Haré este trabajo. Haré este trabajo porque es trabajo de hombres y no veo más hombres acá. Haré este trabajo con consciencia porque me gusta el trabajo bien hecho. Haré este trabajo con también placer porque siempre siento placer al hacer lo que debe hacerse” (44).

 

5. Por último, lo lírico. De algún modo no deja de abrazar lo poético en las líneas que bien podrían leerse como versos, los cuales dan cuenta de un tiempo distinto a toda normalidad y que penetran dentro de lo conmovedor. Entre lo bello y lo sublime camina la pluma de Violette Ailhaud, entre la nostalgia y la desesperación se balancean las emociones aquí descritas. No existe en todo el relato, muy breve por lo demás, una sospecha de superar el dolor por lo que acontece y aproblema, ni siquiera en la distancia con los hechos descritos; la escritura consagra un dolor en este texto, lo revive constantemente, aboga por ser visto antes que ser auxiliado. Va de instantes precisos a costras de duras facciones y en no pocas situaciones uno logra visualizar ese dolor plasmado en la conciencia de quien para mantener su genealogía, abandonó el amor y el deseo para restituir la familia.

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“El hombre semen”
Violette Ailhaud
Edícola Ediciones, 2015
46 páginas.

Escucha la conversación que tuvimos con Paolo Primavera, editor de Edícola Ediciones, acá.

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