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Notas dispersas sobre “Historia secreta de Chile II”

Las pretensiones anunciadas por Jorge Baradit en el prólogo del libro son más altas que las alcanzadas en los capítulos mismos, incluso si lograse aunar la totalidad de estos en una imagen mental más abstracta. Las referencias a eventos particulares, minúsculos, situaciones impresionantes por su excentricidad son más bien un anecdotario antes que un relato paralelo a la construcción del Estado.

Puede ser “secreta”, sí, como no, pero para un ciudadano de setenta años atrás. Lo “secreto” sería, en este libro, aquellas «omisiones que flotan en el grueso de la población que no ha accedido a esos cambios, aún incompletos» (refiriéndose a los cambios curriculares hechos hace un poco más de una década en material educacional).

El resultado es abyecto.

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Las pretensiones anunciadas por Jorge Baradit se reflejan sin ninguna duda en la imagen de portada. Una verdadera síntesis de revisión histórica donde se establece un cruce de referentes simbólicos muy marcados en el imaginario colectivo. Una idea que siempre resultó ser tema inexorable para los interesados pero jamás vista ―al menos que yo recuerde― materialmente.

Por ahí es quizás el más importante aporte del libro.

Cuando se habla de Pinochet en tanto imagen, de sus retratos de cuerpo entero y de igual escala, la referencia a O’Higgins es inmediata: postura, realce de su figura, de los símbolos, del ambiente, toda la pomposidad con la que se adorna al personaje. Aquí, con el cruce realizado, se da por enterada la noción de autoridad, del rasgo facial penetrante en una figura que se la toma aún por padre de la patria. Y, asimismo, un Pinochet que en su propia sombra ve una trascendentalidad tanto o más fuerte a la del chileno de apellido irlandés.

El objeto material, la imagen, y la importancia pedagógica de la misma es absoluta.

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«La historia está viva, no son momias secas colgando en algún museo. No es un conjunto de datos ajenos, es la sangre de nuestros antepasados. En tu ADN están los que (…)». Aparece, queriendo o no queriendo, una búsqueda de lograr con la escritura lo que se consigue con la oralidad, aspecto anunciado muchas veces por el mismo Baradit. La oralidad pero de culturas ancestrales, en donde un viejo sabio se detenía a contar historias mitológicas con una cuota no menor de teatralidad para dar énfasis en ciertos puntos.

El libro es como lo mismo pero con su lector.

Baradit se frena, toma aire, respira y narra. Hace pausas en el relato, dialoga con quien lo está leyendo, se hace de la retórica para dar contundencia, etcétera. El lector no aparece, digiere lo que le cuentan, recibe de quien sabe para explicarse ciertas cosas, o, en este caso, para desestructurar lo recibido en el colegio.

Baradit es antes un narrador que un develador.

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Comentaba por ahí Baradit ciertas decisiones editoriales llevadas a cabo para la primera versión del libro. Decisiones que van en la dirección del público lector y su comodidad, en quitar elementos de sesudez investigativa para dar hincapié en el relato.

El objetivo es el confort del libro, la liviandad en busca de la masividad.

Bien.

Ello, sin embargo, no quita el hecho de caer en ciertas banalidades muy propias de las líneas de producción por sobre la ornamentación de cada elemento dentro del libro. Los títulos de cada capítulos son ingenuos, tales como «¿Hubo un movimiento nacional socialista en Chile?» o «¿Es Bernardo O’Higgins el libertador de Chile?». Preguntas que, supongo, buscaban romper ciertas verdades asentadas. Irónico sería decir a la primera pregunta no y a la segunda pregunta si, porque con ello se acaba todo; pero al contrario, las preguntas funcionan como la generación de problemas dentro de sí mismo, en el libro y no fuera de él, y sospechoso sería de quien se sorprenda con la existencia del movimiento nacional socialista aunque lo desconociera.

El juego y su retórica resultan pueriles. 

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Cuando mi novia me prestó el Historia secreta de Chile ―el primero― me dijo «son cosas que uno conoce, pero que para quien no estudió historia le pueden resultar interesantes».

Misma cosa.

Una tercera versión sería quizás ya un abuso a la paciencia.

De Sábato escuché en entrevistas grabadas en los noventa la existencia de una literatura light, de esas que son para pasar el rato. De Baradit leí anteriormente Lluscuma, que es un muy buen libro, y por lo visto, toda su idea ciencia-ficcional desarrollada en otros libros debe ser muy entretenida ―de hecho, el libro recién citado ganó el premio municipal de literatura―. Este ejercicio de secretismo historiográfico es como una interrupción de ello, o al menos espero que sea eso: un descanso entre escrituras más pulcras.

13729011_1184588751591246_7516528313091098899_n“Historia secreta de Chile II”

Jorge Baradit Penguin

Random House, 2016

189 págs.

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